sábado, 7 de mayo de 2011

De Senderos y Caminantes


Ha llegado el momento de no volver hacia atrás, de llorar, de sentir, de volverse a enamorar. A lo de antes punto y final, miro atrás y comienzo a bostezar, porque no quiero sueños ni recuerdos, quiero dibujar el camino, con la música del rock, enchufarle decibelios y hacer desaparecer a quien no quiera escuchar mi son. Voy a escribir la comedia de mis zapatos, esa que un día indagará en mis futuros recuerdos, y que me servirá para que de una ojeada me pueda reír del pasado.

Mi mundo se ha detenido, los arboles inertes sonríen con su corteza burlona y la misma hierba me relame los tobillos una y otra vez. Noto como se para mi tiempo, mientras mi alrededor fluye al son del sol y del cielo. La brisa me acaricia la cara, y la vida sobre mí se derrama, en cada bocanada. No estoy en ningún sitio, ni este es mi destino, pero llevo caminando mucho tiempo, y sin duda este descanso me lo he merecido.

Me siento en la falda de un árbol, recubierto de paz, miro el camino que me queda por andar, y sonrío cuando miro todo lo que he hecho ya. Me encuentro en un sinsentido, al verme envuelto en aquel sendero ya creado. A la derecha volvería hacia atrás, a la izquierda seguiría por el camino.

Me levanto, agarro mi mochila y comienzo a saborear el sabroso gusto de la improvisación cuando sigo de frente, preparado para atravesar ríos y montañas, voy pisando fuerte con mi particular canción indecente.

Zopenko Smith

martes, 12 de abril de 2011

En la Corte del Rey




Hubo una vez un sentimiento que daba vida al rey, el mismo que por el día le hacía estremecer, y que por la noche la almohada empapaba. Aquel sentimiento siempre había gozado del favor del rey, y era complacido con adorables rosas sin espinas y abrazos de oso. Pero llegó un día, en el que su almohada se rebosó de lágrimas, fue un día tenebroso para el sentimiento, pero mortífero para él. Aquel día se decidió, que aquel sentimiento no era bien recibido en la corte y por lo tanto fue expulsado inmediatamente del castillo. El sentimiento, sorprendido y con lo puesto nada mas, se vio mendigando en las afueras para sobrevivir.

El rey confiaba, en que el destino le traería otro sentimiento con el que poder olvidar al anterior, con el que poder sonreír en la sequedad de la cama. Pero pasó el tiempo, y ni destino ni sentimiento ni tan siquiera el olvido le fueron a visitar.

Pero entonces fue cuando lo oyó, fue cuando percibió una pelea en el exterior. En cuanto miró por la ventana lo supo, aquel sentimiento que meses atrás había desechado con lo puesto nada mas, había conseguido coronarse caballero a base de luchar contra valientes sentimientos rebosante de promesas, prohibiendo la entrada a cualquiera que se acercara. En aquel momento, el destino y el olvido luchaban a muerte con ese sentimiento, el que había sido grande y fuerte, el que creció durante años, el mismo sentimiento que parecía gigante a ojos del rey.

Fue entonces cuando de los entresijos de la muralla se coló el odio sin ser visto, escaló por la torre del rey hasta su ventana y le fue a hacer compañía en su dolor. Era el mismo personajillo que siempre que le visitaba, le cuestionaba todo lo que decía, se alimentaba del agua de sus ojos, y se reía de sus penas. Era un compañero incomodo, del que nunca te fías, pero el cual, como compañero conocido de toda la vida, no te puedes separar.

Detrás de las murallas la batalla había terminado, el destino y el olvido yacían abatidos, mientras el sentimiento más poderoso que nunca, atemorizaba a cada paso. El rey mandó refuerzos, pero sabía que con aquel sentimiento no tenía nada que hacer, no lo podía repeler, porque en el fondo el rey lo deseaba tener. Así que apenas sin sudar ni sangrar, el sentimiento volvio a compartir cama con su majestad.

Un tiempo después, aquél sentimiento ni mengua ni deja crecer, a echo buenas migas con ese odio insoportable y a conseguido que en la habitación del rey, la humedad vuelva a decorar la pared.

Zopenko Smith

lunes, 14 de marzo de 2011

Mil Máscaras de Hielo


Me relamo ese regustillo salado que de vez en cuando inunda mi boca.

Levanto la mirada y veo, como mi mano se enfría en pos del cristal, como a través de la ventana puedo ver la fría noche, que aún es más caliente que mi vida enmascarada.

Mis actuaciones que ni se acercan a los Goya y menos aún a los Oscar. Las mismas que entristecen mi alma y alegran mi alrededor, sin conseguir encontrar la felicidad.

Abro la ventana y mil brisas de hielo recorren como agujas de fuego mi piel. Mi mirada se pierde entre las estrellas, siempre tan lejanas e inalcanzables como antaño, pero por fin desengañado de que nunca estarán a mi alcance.

Ahí está la Luna, tan pálida que asusta. La observo como si en ella pudiera ver mil laser rojos señalándola, mil miradas de mil personas emparejadas en alma sin cuerpo, con ilusión apasionada y conjunta, mientras mi mirada es tan débil y fría, que cuando llega se mengua y cuando la alcanza se vuelve nueva.

Entre los resquicios de las ramas de esos árboles inertes y tan pesados como siempre, cuando fijo mi mirada en un punto, aun puedo ver volar antiguas palabras, esas palabras que podrían estar danzando durante años y décadas, esas palabras que invaden cualquier espacio.

Mire donde mire, ya no queda parque en donde mirar, todo son palabras, palabras que bailan las unas con las otras, son palabras que se han interpuesto entre besos y abrazos, que han acercado lo lejano y han ocultado aquél silencio de lo más acertado.

Este parque, que hace que los recuerdos de mi mente se conmuevan, pero que a la vez me encadenan, en esta habitación que se me queda pequeña.

Ya no puedo más, al amanecer de entre mis mil máscaras, y por primera vez, utilizaré la que viene de serie y sin manual, no mas máscaras, nunca jamás.

Pero entonces llego la mañana, con su Sol y su azul cielo, y de entre las mil máscaras utilicé aquella que por calendario me tocaba.

Zopenko Smith

jueves, 10 de marzo de 2011

Recuerdos


Recuerdos de otros tiempos, en los que todo se multiplicaba por dos, se sumaban alegrías y se dividían preocupaciones. Aquellos tiempos, en los que respiraba de aquel sentimiento mágico, en los que compartía sabanas con su perfume, en los que su aroma me impregnaba allá donde fuera. Son tiempos en los que los momentos transcurrían encima de gigantes nubes, que te mecían de un mes al otro, paseando incansable aquella sonrisa invencible. Los tiempos rebasados de caricias, llenos de vida, los mismos que te abrazaban sin quererlo, esos que preferías antes de cualquier sueño. Son tiempos ya pasados pero no olvidados, que se han convertido en recuerdos que perduran y que, de no ser por mí, se perderían en el tiempo.

Zopenko Smith

martes, 15 de febrero de 2011

Dos Noches en Una


Dos vidas en una noche
Dos momentos paralelos,
Uno en tu dulce lecho,
Y el otro con frio y sin besos.

Noto tus gemidos,
Esos que me muerden el tímpano mientras sonrío,
Siento el fuego de tu piel,
Como se pierde en esta noche de hielo.

Tengo sed de beberme tu mirada,
Mientras un sujeto se emborracha del curaçao de tus ojos
Tengo hambre de comerme tu piel,
Mientras el borracho no deja ni los despojos.

Empiezas lo que acabas de acabar,
Y yo empiezo a odiar, a ese hombre sin cara con el que estas,
Conviertes el invierno en tu verano,
Y yo tirito entre la gente siempre en vano.

Blasfemas sobre Dios entre gritos de terror,
Y yo grito en silencio tu nombre en mi interior
Tu viaje es sublime en tu habitación
Y yo viajo lejos para morirme en un rincón.

Todo se acabó,
Todo ha terminado,
Tú ahora tienes un final feliz,
Y yo en cambio, un final desesperado.

Zopenko Smith